Frente a las costas de Chiapas, marinos mexicanos aseguraron casi una tonelada de cocaína en 33 bultos que se encontraban flotando en el mar, a unas 165 millas náuticas (305 kilómetros) al sureste de Puerto Arista.
Siempre estuvo y era un secreto muy contado. Pero entre febrero y abril de 1985, el narcotráfico saltó por primera vez a las planas de los diarios mexicanos con el nombre de Rafael Caro Quintero como leyenda. Aquel serrano de 32 años, primer año de Primaria, melena y bigote muy negros, empleador de miles de campesinos para levantar mariguana, nacido en La Noria, una ranchería perdida de miseria en la sierra de Badiraguato, Sinaloa, había puesto contra la pared al Gobierno mexicano y al de Estados Unidos.
El notable crecimiento del flujo comercial en la región Asia-Pacífico de los últimos años no sólo favorece a las mercancías legales. Las ilegales tienen ahí un nicho… y el Cártel de Sinaloa se dio cuenta de eso. De acuerdo con un estudio de la Universidad Nacional Australiana, la mafia sinaloense tejió una intrincada red –que incluye envíos a través de numerosos países asiáticos– para vender cocaína y metanfetaminas en Australia, donde el consumo de esos enervantes ha ido en aumento. Las fuerzas de seguridad de esa nación ya encendieron todas las alarmas.
Por usar como identificación una credencial de elector falsa para visitar al narcotraficante Joaquín “El Chapo” Guzmán, en el penal de máxima seguridad del Altiplano, un juez federal dictó orden de aprehensión en contra de le ex legisladora local de Sinaloa, Lucero Sánchez López.
En una de las jornadas más sangrientas de los últimos meses en la entidad, en las últimas 24 horas fueron localizados los cuerpos de diez personas asesinadas, entre ellas dos menores de edad, y tres más resultaron heridas en los municipios de Manzanillo, Tecomán, Armería y Colima.